Pudo hacerse el distraído como posteriormente eligió Armani. Pudo haberle sonreído demagógicamente a la San Martín suscribiendo los irónicos cantitos con los que desde esa tribuna, y las demás, se mofaban de Agustín Rossi. Pudo actuar como la mayoría. Pudo. Pero no quiso.

Marcelo Gallardo se precipitó a callar a los enloquecidos hinchas que, en medio del concierto futbolístico del equipo y ante la proximidad del primer superclásico DM (después de Madrid) en el Monumental, no paraban de delirar al arquero de Lanús, y no sólo por su pasado en Boca. Al hacerlo, prefirió no sumarse al comportamiento de la masa sino ir en contra de ella. Eligió educar. Y comportarse otra vez como un (buen) ganador.

Aunque falible y propenso al error como cualquier humano, al Muñeco se lo va a recordar por lo que puso en escena dentro de los 105 x 70 pero igual (o más) por lo que construyó afuera de donde rueda la pelota.

Capaz hasta de dejar sin gira a Dallas a su hijo Nahuel para que escarmentara luego de una trifulca con los jugadores del Liverpool en un viaje de la Séptima a Qatar, siempre tuvo en claro que su función excedía la de un mero entrenador. Porque él, precisamente, no lo es. Y no lo es hoy pero tampoco lo era ayer: el episodio citado, de hecho, no se dio con él ya multicampeón y ancho de espalda; sucedió en el 2015, a poco menos de un año de su asunción en River.

Gallardo es un líder. Una mente repleta de inquietudes. Un arquitecto que puede preocuparse por las bases, la estructura y al mismo tiempo los detalles del para muchos insignificante diseño interior. Un petiso bravo que no se marea en las alturas. Y así como antes había ubicado a Ferreira por llegar tarde a una práctica o después a Martínez Quarta para evitar que se excediera en sus declaraciones, ahora lo hizo con los fanáticos que sobrecargaron a Rossi. Y eso, que eduque, es otro de sus triunfos.

Por Pablo Chiappetta para ole.com.ar