¿Cómo es posible que la Fórmula 1 se permita el lujo de perder a Fernando Alonso?

Es difícil empezar cuando tienes que escribir una despedida que en el fondo no sabes si es una despedida y aún más cuando no quieres que sea una despedida. En realidad, siendo honesto, es muy difícil escribir cuando no quieres una despedida así. Tengo en la cabeza una mezcla de nostalgia, pena, orgullo, rabia y alivio. Siento en lo más profundo de mi ser el ying y el yang de los sentimientos. Así que no sé muy bien que es lo que va a salir.

Si me dejo llevar por mi yo más optimista diría que Fernando Alonso nos deja después de haber logrado triunfos con los que nunca nos atrevimos a soñar y después de habernos hecho disfrutar de una época mágica que jamás olvidaremos. Es más, me atrevería a decir que entramos en una nueva dimensión de retos en la que junto a él podremos volver a divertirnos. Mi perfil más matemático está de acuerdo en que sus títulos mundiales, sus subcampeonatos, sus victorias, sus ‘poles’, sus podios son un registro admirable, pero también que se queda raquítico si lo comparamos con su enorme talento. Mi lado más práctico me dice que su marcha es una liberación. El fin de un suplicio, de una tortura, de un periodo de purgatorio al que él mismo se condenó. Quizá sea egoísta, pero esta parte de mi prefiere que Alonso se vaya de la Fórmula 1 antes que volver a verle luchar otra vez con Sirotkin por ser decimosexto en una carrera y encima no poder conseguirlo.

La parte apesadumbrada de mi ser, que hoy por hoy creo que es la que domina, podría confesar que la despedida de Fernando me duele como una punzada en el alma. Si ella hablase lo haría de forma incontinente en busca de respuestas. ¿Qué ha pasado para que esto termine así? ¿Qué extraña concatenación de fenómenos y sucesos han ocurrido para que Fernando no se vaya con cinco títulos en el zurrón? ¿Cómo es posible que la Fórmula 1 se permita el lujo de perder a uno de los mejores pilotos de todos los tiempos? ¿Qué pecados ha cometido para tener que marcharse así?

Un guepardo con astillas en las patas

Se fue de Ferrari porque no quería seguir siendo segundo. El tiempo le ha dado en parte la razón porque Ferrari sigue sin ganar desde que él se marchó. Sin embargo, todos en el ‘paddock’ saben que Fernando habría sido campeón este año si se hubiese quedado. Y eso halaga, pero también duele. Escuece todavía más, ahora que la aventura con McLaren ha terminado, que Fernando por no querer ser segundo en el campeonato se haya pasado cuatro años de suplicio en los que el mejor puesto ha sido acabar décimo. Sus antiguos rivales, que ahora le doblan en carrera y también en títulos, saben que su botín durante estos años no habría sido tan jugoso si Alonso hubiese tenido un coche con el que poder combatirlos. ¡Menudo alivio! ¡Vaya suerte! Poder ganarle carreras a un guepardo que no ha dejado de tener astillas clavadas en sus patas. ¡Cuánto habría cambiado todo si en Abu Dhabi 2010 Ferrari no se hubiera equivocado! ¡Qué diferente se escribiría ahora la historia!

Pero no, me niego a seguir hurgando en la amargura porque Fernando ha sido un regalo para nosotros. El eslabón principal de un vínculo que nos ha tenido unidos durante todos estos años. Unidos en el éxito y en el fracaso. Siempre esperando algo más de él, pidiéndole algo más, aunque supiésemos que era imposible. Desde derrotar a Michael Schumacher y acabar con el dominio aplastante de Ferrari hasta colocar este año a McLaren sexto en el mundial de constructores. Un objetivo, este último, tan pequeño como complicado.

A Fernando Alonso le debemos dos décadas de madrugones, de gritos delante de la tele, de paellas frías porque la carrera se alargaba, de bares llenos a la hora de comer. Diecisiete años de tertulias los lunes hablando de estrategias, de domingos de nervios conteniendo la respiración en cada ‘pit stop’. Tardes en familia bajando la cabeza sincronizados en el sofá para ser más aerodinámicos y poder correr así más en las rectas. Playas desiertas en verano porque la “marea azul” estaba en pleamar. Tardes de calles vacías y domingos de gargantas rotas. Porque el fenómeno Alonso no lo generó sólo Fernando, lo hicimos todos. Y esa epidemia, que ahora lamentablemente se extingue, forma parte de nuestra historia. Y cuando seamos aún más mayores y nos pregunten por él podremos decir con orgullo y emoción que tuvimos la suerte de verle, tuvimos la inmensa fortuna de vivir todo aquello.

/Escrito por Antonio Lobato para El Mundo de España

,